Diario del Festival - Zinemaldia 2011
APUNTES DE UN RECIÉN
ACREDITADO
Las siguientes líneas no son más que unos apuntes tomados con urgencia por un cinéfilo diletante, comentarios sencillos que no abarcan, ni así lo pretenden por imposible, con exhaustitivad la gozosa y ardua labor un recién acreditado en el Zinemaldia con una disponibilidad de tiempo menor a la prevista y, como no, de las circunstancias gozosas de una semana apasionante en el agenda cultural donostiarra.
La elección de películas es tan arbitraria como cualquier otra: las películas de competición se mezclan con el disfrute de unos clásicos y (re)descubrimientos de otros, todo ello con un exclusivo y militante afán por el disfrute por encima de cualquier otra consideración.
JUEVES 15: LOS PROLEGÓMENOS.
Recogida de la acreditación bajo un sofocante sol, familiarización con la sistemática de salas, proyecciones, entradas necesarias. Gran ilusión y tremenda labor de organización. Nadie dijo que fuera fácil. El encaje de tiempos, trayectos y amistades que necesariamente deben cuadrar.
Siempre se corre el riesgo en los festivales, tanto de música como de cine de sucumbir al terrible ángel de la absurda ambición de ver aquello para lo que no se dispone de tiempo material. La frustración está servida. Señoras y señores, bienvenidos al festival.
VIERNES 16, DÍA 1
Una vez organizada la mesa de trabajo para la semana en la que se va a estar ausente, recojo a A. y L. Vienen en autobús, con una desbordante ilusión de disfrutar un intenso fin de semana cinéfilo y gastronómico.
L., amigo, descubridor de libros, cómics, películas y demás perversiones espera atento. Uno no puede de dejar de sentir la misma tímida vergüenza que aturde ante la visión de la miserable estación de autobuses. Así seguirá siendo, me temo: precaria guarida ante las inclemencias climatológicas que acechaban un cielo paulatinamente más gris.
No había mejor forma de dar comienzo al festival que American way of death, la retrospectiva del thriller norteamericano de los años 90 que había creado una gran expectación, tras un apresurado pero sabroso bocadillo en los alrededores de los cines Principe.
TEXAS KILLING FIELDS
Comenzamos con “Texas Killing Fields” intenso thriller de Ami Canaan Mann, basado en hechos reales, sobre las visicitudes de unos policías de Texas City que investigan las desapariciones y posteriores asesinatos de unas niñas a manos de un sádico asesino en serie que mutila a sus víctimas.
Se trata de una solvente narración que, sin embargo, adolece de ciertas deficiencias que lastran la historia, incidiendo hasta el subrayado en algunas cuestiones e insinuando otras que requerirían de una mayor profundidad. Por otro lado, el final resulta, hasta cierto punto, previsible.
La película transcurre en la ciudad de Texas, donde los detectives Heigh (Jeffrey Dean Morgan) y Souder (Sam Worthington) investigan los asesinatos de las niñas aunque se hayan producido fuera de su jurisdicción, en las marismas llamadas Killing Fields, donde desde los años 60 han aparecido más de 60 cadáveres. El lugar es considerado maldito por los lugareños.
En palabras de la directora, presente en la proyección, la película trata fundamentalmente sobre la manera de los dos policías de enfrentar el mal, su trabajo al fin y al cabo. Policías de homicidios que diariamente conviven con la violencia y con las miserias humanas más sórdidas.
El detective Heigh, policía católico neoyorquino trasladado a Texas es el agente empático con las víctimas de los delitos hasta el punto de involucrarse personalmente en sus problemas y en la resolución de los casos, no establece una línea divisoria entre su vida personal y su trabajo; cuestión que el detective Souder intenta mantener a rajatabla.
El mayor defecto de la película, en mi opinión, es precisamente que las motivaciones de los personajes no son analizadas en profundidad. Se insinúa que el detective Heigh vive el caso como una obsesión que le persigue desde Nueva Cork y que su traslado puede deberse a la captura del asesino en cuestión, pero no se profundiza en ello, perdiendo una inmejorable oportunidad de dotar a la película de una significación moral mayor de la que tiene. Por el contrario, se pierde en una diversificación de la trama que en nada favorece a la narración.
A pesar de ello, como ya se ha expuesto, se trata de una narración solvente y entretenida que nos hace muestra a una muy prometedora directora de cine.
Salimos de la película y nos dirigimos a casa a por un merecido descanso. Una vez dejamos el equipaje de nuestro invitado L. nos dirigimos nuevamente a los cines Príncipe.
MUERTE ENTRE LAS FLORES
Es necesario agradecer al festival el hecho de que las magníficas retrospectivas que ofrecen año tras año, brindan la oportunidad de ver y disfrutar en la intimidad y majestuosidad de la oscuridad de la sala de cine grandes clásicos que no pudieron verse en su día en pantalla grande.
Así, ávidos de emoción nos dispusimos a disfrutar, una vez más, de Miller’s Crossing, Muerte entre las flores, la magnifica película de los hermanos Joel y Ethan Coen.
Nada que no se haya dicho ya pueden añadir estas líneas. Sencillamente habría que añadir lo viva y fresca que se mantiene; la turbia violencia y el fatal romanticismo que desprende, la inteligencia de los diálogos y el profundo conocimiento de los recursos y los códigos del género que demostraron tener los hermanos Coen. Un gran clásico.
SÁBADO 17: DÍA 2
Después de un frugal y madrugador desayuno, nos dirigimos al auditorio Kursaal para ver una de las películas que más nos apetecían, dada nuestra confesa admiración de Enrique Urbizu y sus magistrales películas policíacas a las que tan poco acostumbrados, desgraciadamente, nos tiene el cine español.
Eran las nueve de la mañana y a pesar de ello, el cine se encontraba con un aforo más que considerable.
La película nos presenta a un personaje, Santos Trinidad, que sólo podría interpretar un actor como José Coronado: completamente acabado y alcohólico, se trata de un policía que camina por la vida como un espectro, atormentado por un pasado que desconocemos pero que se irá vislumbrando a medida que avanza la narración. Su desesperación lo convierte en un ser despiadado capaz de cometer cualquier atrocidad.
Involucrado en un triple asesinato y con el nada loable afán de cubrirse las espaldas, comenzará una investigación particular que, si bien lo alejará definitivamente de la policía, lo redimirá de alguna forma de sí mismo: se trata la única investigación realmente eficaz que realiza en años, adelantándose a la policía y convirtiéndose, sin pretenderlo de ninguna manera, en un héroe, o lo más parecido a un héroe en lo que pueda convertirse un personaje tan despreciable.
Narrada con un pulso y un vigor que hacen que el ritmo de la película no decaiga en ningún momento, la cinta tal vez adolece de cierta indefinición en el momento en que la investigación de Trinidad da un giro inesperado que llevará a un desenlace imprevisible: hay un momento en que no se sabe a ciencia cierta que derrotero llevará.
Podríamos calificar esta película como cine negro en el sentido clásico del término, si damos por buena la certera definición que le dio José Luis Garci, en sus añorados debates del “Qué grande es el cine”: el cine políciaco es aquel que narra una historia que, como mucho, podría aparecer en la página de sucesos de cualquier periódico; el cine negro, en cambio, trata de historias que ocuparían la portada completa de los grandes rotativos. En este sentido, la aproximación que hace la película a la situación política del país, o mejor dicho, a varias de las circunstancias más traumáticas ocurridas en los últimos años, es digna de mención.
Después de salir del cine realmente entusiasmados con la película, nos dispusimos a tomar un almuerzo. Tras un breve descanso y una magnífica comida en un conocido restaurante vasco-japonés de la ciudad, nos dirigimos a los cines Príncipe para disfrutar a las 18:15 de la tarde de la película de Jacques Demy, Los Paraguas de Cherburgo. Tuvimos la suerte añadida de contar con los hijos de Jacques Demy y Agnés Varda en la sala, quienes nos explicaron las visicitudes de la restauración de la película, su significación estética e histórica y la implicación personal de sus padres en aquel proyecto.
Fue un verdadero placer encontrarse con una película que en su rareza se ha mantenido ajena al paso del tiempo, quedándose como una obra atemporal. El exceso del planteamiento del musical, todos los diálogos son cantados, lejos de cansar y aburrir a una visión contemporánea, la dota de un aire entre naíf y ensoñador encantador. La mezcla entre melodrama romántico, absolutamente fatalista, y el musical, unido a la belleza pictórica de los escenarios, la novedosa puesta en escena y la maravillosa música de Michel Legrand, hacen de Los Paraguas de Cherburgo una experiencia estética cautivadora que refleja a la perfección la aburrida vida de una ciudad de provincias y los delirios de grandeza de sus protagonistas que se verán truncados por las circunstancias históricas y la inevitable y tozuda realidad a la que se verán avocados. Obtuvo una merecidísima Palma de Oro en Cannes en 1964.
Nada más salir del cine, nos pusimos de nuevo en la cola para volver a entrar y ver Goodfellas, Uno de los Nuestros, el gran clásico de Martin Scorsese.
La noche comenzó con una magnífica cena que convirtió a nuestro invitado en un enamorado más de la ciudad y acabo entre copas, después de haber coincidido en un establecimiento hostelero con un Clive Owen que levanta pasiones a su paso.
DOMINGO 18.
Resultó una ardua labor despertarse a una hora temprana, pero venciendo a la pereza y a las consecuencias de la noche anterior, tuvimos la oportunidad de ver Take this Waltz, la película dirigida por Sarah Polley, a la mediodía en el Kursaal.
Si bien los airados comentarios que se escuchaban alrededor hacían presagiar las duras críticas que obtuvo la película, la verdad es que se trata de una cinta de un visionado ameno y agradable, a pesar de que uno quedase con la sensación de que la Polley no sabía muy bien cómo acabar la película. En consecuencia, la película habría resultado mucho mejor con media hora menos, a pesar de lo estupenda que está Michelle Williams.
Narra la historia de la crisis de una pareja que se rompe sin una de las partes sepa muy bien la razón, desconcierto que comparte con el espectador. La estética es totalmente deudora de la Isabel Coixet más preciosista y sensiblera. Todo ello unido a la música y a la actitud de los personajes, hace de esta película un compendio de clichés indie que si bien no sorprenden ni entusiasman, tampoco desagradan.
Esta fue la única película que vimos el domingo, dadas las circunstancias propias del deber atender al invitado, la continuación de la ruta gastronómica y despedidas varias.
LUNES 19.
Quedamos con los cinéfilos y sin embargo amigos M. e I. para desayunar y ver juntos The Deep Blue Sea, la nueva película de Terence Davies, no sin cierta inquietud: la estética, los ritmos y la temática de las películas de Davies nos hacían temer que dada la hora, nueve de la mañana en el Kursaal, pudiéramos caer atrapados en los brazos de Morfeo.
La película contradijo nuestros infundados prejuicios. Se trata de una magnífica película, de una sensibilidad, crudeza y conocimiento del alma humana propias de un poeta. No en vano, se citan los sonetos Shakespeare varias veces.
Terence Davies adapta la obra teatral homónima de Terence Rattigan, uno de los grandes dramaturgos británicos del siglo XX. Su protagonista, Hester Collyer, una maravillosa Rachel Weisz, es una mujer que lleva una vida acomodada pero infeliz como esposa de un juez del Tribunal Supremo, Sir William Collyer, hasta que deja a su marido para irse a vivir con un hombre sin recursos del que se ha enamorado apasionadamente.
El propio título de la película expresa a la perfección el fundamento de la película: la expresión inglesa "Between the devil and a deep blue sea", nuestro "Entre la espada y la pared".
El trasfondo de la película podría resumirse como la lucha entre la comodidad y el orden que proporciona la represión de las pasiones y la libertad que proporciona el entregarse a ellas; Hester ejemplariza la valentía que supone sacrificar la comodidad por una vida del todo incierta y, paradójicamente, la esclavitud a dicha pasión la que se somete voluntariamente: el hombre de quien se enamora no puede estar a la altura del sacrificio realizado por ella. La conclusión es la tragedia, la pasión como hecho revolucionario, ruptura del orden y desencadenante del caos. No en vano el comprensivo, amable pero terroríficamente anodino, y anulado por una madre omnipresente marido es juez, símbolo del orden social y en este caso, del matrimonio; y el amante, un ex piloto de la RAF, un aventurero de clase obrera, pendenciero y bebedor.
A pesar de que pueda parecerlo, la película no es absoluto maniquea, más bien al contrario, Davies trata a sus personajes con una delicadeza y una compresión tales que dibuja un minucioso mapa de las emociones que, una vez superado el inevitable rencor, muestran un horizonte de comprensión y aceptación más o menos llevadero. Todo ello narrado un ritmo pausado y contemplativo, con una magnífica música que ejerce de contrapunto pasional ante la contención de los gestos de los protagonistas.
El debate posterior a la película se alargó gozosamente hasta la hora de comer.
Por la tarde, tuvimos la ocasión de ver junto con P. y J. Le Skylab, la estupenda nueva película de Julie Delpy quien, además de estar cada vez más guapa, va firmado una filmografía más que interesante.
Esta última se trata de la historia de los recuerdos de Albertine sobre la reunión de toda la familia para celebrar el cumpleaños de la abuela en la casa familiar de Bretaña.
Podríamos decir, siguiendo el cliché, que se trata de una película iniciática: el descubrimiento de la sexualidad de Albertine, el paso de la infancia a la adolescencia, los pequeños conflictos entre los primos más pequeños y los mayores que ya no quieren ser tratados como niños y su relación con los conflictos de los adultos, tanto ideológicos como personales.
Es una película amable y entretenida que gana mucho en los momentos de comedia, pero que narra los momentos más dramáticos con mucha solvencia. En conclusión, se trata de una película que huye del sentimentalismo y la nostalgia que la acechan en cada esquina, creando un mosaico veraz y realista sobre cualquier familia de la época.
MARTES 20
De la misma forma que el lunes, diversos compromisos profesionales de última hora desagraciadamente impidieron que pudiéramos disfrutar de más películas el martes, pudiendo asistir únicamente a la proyección de Kiseki (Milagro), la última película de Hirokazu Kore-Eda a mediodía en el Kursaal.
Se trata de la sencilla y preciosa historia de unos niños que sueñan con que sus ilusiones se cumplan, y ponen todos los escasos medios de los que disponen para que se hagan realidad. Los niños actores son hermanos en la vida real y consiguen realizar una actuación fascinante en su verosimilitud.
Historia mínima, sin grandilocuencias, sin aspavientos, que refleja de forma maravillosa la visión de las cosas que tienen los niños: creer que ciertos actos pueden hacer milagros, que son posibles, aunque en el fondo no se engañen y sepan que lo son, después de su viaje habrán madurado.
El lirismo de lo cotidiano.
Las escenas más cotidianas de las películas rebosan una capacidad de observación realmente maravillosa, como esos pasteles de antaño que el abuelo intenta volver a crear, pero sin conseguir el mismo sabor, la misma textura; pasteles que, por otro lado, difícilmente podrán vender porque, como el mismo admite, ya no son del gusto de los jóvenes. Pregunta a su nieto sobre ellos y le resultan insípidos. El momento en que el nieto degusta un pastel y empieza a disfrutar de su sabor es un momento de gran intensidad poética, aunque transcurre rápidamente, sin ningún subrayado.
Maravillosa.
Aunque sólo pudimos ver esta película, fue suficiente.
MIERCOLES 21.
El miércoles comenzó tranquilo, a mediodía, con una elección desgraciadamente fallida: la china 11 flowers.
Se trata de una película sobre la revolución cultural maoísta, pero sin grandes honduras en su planteamiento político.
La sinopsis de la película resultaba confusa, puesto que parecía afirmar que se trataba de la historia de un asesinato en un pueblo rural, en los últimos años de vida Mao. Podría pensarse que la película tuviese elementos de thriller, cuando lo único que nos muestra es la reacción de unos niños ante los hechos que viven y las tensiones de sus padres entre contar lo ocurrido a las autoridades o callar.
Se trata de una película excesivamente larga y tediosa, sin ningún ritmo y con unos personajes que interpretan el miedo y los dilemas morales sin ninguna convicción.
Por la tarde después de recoger a A., fuimos al Antiguo a ver Strange Days, la película que rodó Kathryn Bigelow en 1995, dentro de lo que entonces se calificó como cyber-thriller, con Ralph Fiennes interpretando a un traficante de recuerdos y experiencias ajenas. Nos acercamos a ver la película con la inquietud o, más bien, curiosidad sobre cómo habría envejecido. La respuesta es no del todo bien.
Si bien la película se sigue muy bien, la narración tiene fuerza y la historia convence, la estética predominante, ciertos giros y la puesta en escena que recuerda lo peor de los thrillers de los ochenta, lastran en exceso una película que podría ser fascinante desde unos parámetros más austeros y una expresión más contenida.
Prácticamente sin tiempo de cenar, salimos a toda prisa del cine para poder llegar a la película del día, la que más deseábamos ver: Las señoritas de Rochefort. Varios amigos nos esperaban en la puerta.
Nada más entrar al cine y sentarnos tuvimos la sensación de que allí pasaba algo, qué había demasiado movimiento para una proyección a las 22:30 del miércoles. Efectivamente, nuestra intuición no estaba desacertada: Catherine Deneuve estaba allí, ella misma presentó la película y con una inusual simpatía relató lo mucho que significaba para ella la película, puesto que la protagonizó junto con su hermana Françoise Dorleac que falleció escasos meses después de estrenar la película en un accidente.
Aunque por lo general se suele considerar inferior a Los Paraguas de Cherburgo, se trata de otra película fascinante, mucho más alegre que aquella y con unas secuencias realmente inolvidables de coreografías delirantes y la aparición estelar de Gene Nelly. La música, como no podía ser de otra forma, la firmó de nuevo Michel Legrand.
En esta ocasión no se trata sólo de cantar todos los diálogos, se incluyen números musicales, alguno realmente conocido como el que comparte las dos hermanas. Se trata de un musical más del estilo Hollywood.
En contra de lo piensan los que reniegan de estas películas, en mi opinión achacarles su carácter excesivo es absurdo. La gracia de estas películas, y los musicales en general, reside precisamente en el exceso, en su carácter de absoluto artificio coreográfico, en su lejanía a todo posible realismo.
Un gustazo de película.
JUEVES 22
El jueves fue otro día memorable aunque el comienzo no fuese del todo halagüeño.
Después de dar un agradable paseo por la playa de la Zurriola y desayunar en el Kursaal, nos acercamos a mediodía al Victoria Eugenia para ver una película que parecía interesante: Sangue de meu sangue del prestigioso director portugués Joao Canijo.
La película cuenta la historia de Márcia, madre coraje que vive en los arrabales de Lisboa, junto con sus dos hijos e Ivette, su hermana. La historia de esta familia desestructurada se va complicando paulatinamente conforme la situación económica va empeorando, el hijo empieza a tener escarceos con el tráfico de drogas y la hija se enamora de un hombre casado.
Además de ser una narración sin ningún ritmo, en mi opinión la película es excesivamente larga para una historia que se agota irremediablemente para la mitad del metraje. Por otro lado, el director insiste en dividir el plano y mezclar dos conversaciones a la vez, con el único resultado de crear confusión. Los excesos melodramáticos y cierta estética de la sordidez lastran el final de la película aún más: todo un folletín.
No fue la mejor elección para comenzar el día.
Semejante sobreabundancia de bajos fondos y sordidez requerían un antídoto rápido, y el bálsamo para nuestros ojos nos lo proporcionó el maestro Aki Kaurïsmaki, con el delicioso cuento de hadas proletario que es Le Havre: un limpiabotas llamado Marx, su abnegada mujer, un joven inmigrante subsahariano al que acoge y un detective de policía que los busca son los vértices sobre los que pivota esta historia sencilla sobre la bondad y sus efectos milagrosos sobre nuestras vidas. Aki Kaurïsmaki se ha decidido a hacer una película alegre, pero tratándose del finlandés esta alegría es seca, taciturna, que nunca incurre en un exceso de sentimentalismo hueco.
Los fans de Kaurïsmaki estábamos preparados para otra ración de tristeza polar, de coches destartalados, bares perdidos y amores que se esfuman sin mediar palabra; pero ante nuestra sorpresa Aki Kaurïsmaki nos ofreció un canto a la esperanza y la solidaridad, un alegato contra la indiferencia y el egoísmo con algunos momentos que forman parte de los favoritos de su filmografía entera, como el concierto benéfico que organizan con el regreso a los escenarios de Little Bob o la gabardina y el sombrero negros del policía: un personaje fascinante.
La película transcurre en un Le Havre que se parece a las ciudades finlandesas de sus filmes. Kaurïsmaki ya tiene su propio territorio y uno piensa a veces que a la fuerza a tenido que leer a Onetti, tiene que haber conocido su Santa María. Kaurïsmaki habita en territorio poblado de sueños rotos, guitarras susurrantes y milagros pertrechados por seres que se resisten a abandonar su dignidad, su esperanza, una íntima solidaridad que no conoce de fronteras, ni patrias, ni dificultades.
Una de las grandes virtudes de Kaurïsmaki es que conoce a la perfección la duración adecuada de sus historias; duración que no infla gratuitamente tal y como ocurre en el cine con demasiada frecuencia. La brevedad es virtud y es talento. En esta ocasión no necesita sino 103 minutos para ofrecernos una película maravillosa, en el escenario más adecuado para ello: el Teatro Principal.
Por último, salimos para volver a entrar en el Teatro Principal para ver Americano, debut cinematográfico Mathieu Demy, hijo de Jacques Demy y Agnés Varda, protagonizada por el mismo y una espléndida Salma Hayek.
Sin ser una película redonda, la narración se dispersa a ratos, en mi opinión es un debut más que prometedor. Cuenta la historia de Martin que viaja desde París a Los Ángeles para solucionar la burocracia por el fallecimiento de su madre a la que no veía desde hacía años, para encontrar que su madre tenía un pasado desconocido que intentará descubrir en Tijuana, en un bar llamado Americano.
El viaje será de duelo/reconcialización y una paulatina comprensión de las circunstancias de su madre ausente durante tantos años y el consiguiente perdón, previo a que el protagonista asuma su paternidad. La película se sumerge en los vericuetos de la búsqueda de la identidad que, paradójicamente, se desarrolla lejos de casa.
Una película muy recomendable.
VIERNES 23.
La película de Arturo Ripstein era muy esperada. Me gustan las películas de Ripstein, me gusta, cómo no, Madame Bovary. La recreación de Ripstein de Madame Bovary debería haberme gustado, pero no me gustó; a pesar de haber hecho el esfuerzo de entrar en la película, no entré; a pesar de valorar la arriesgada puesta en escena... Es una película pretendidamente árida, como todas las de Ripstein, pero en este caso la aridez no encuentra elementos que la compensen, una historia o retazos de historias que nos la hagan transitable: nada hay más que aridez, sin asideros, en blanco y negro.
La teatralidad de la puesta de escena, aunque rodada a la perfección, no consigue el objetivo de enfatizar el hermetismo, la cerrazón y la destrucción interior de la protagonista, lo que consigue es agravar una narración tediosa que va cayendo como una losa. A partir de cierto momento resulta difícil no desconectar de la película.
Al contrario que en la película de Terence Davies, el despliegue autodestructivo de una pasión voraz carece de la delicadeza necesaria y resulta reiterativa, lo cual se ve agravado por una duración excesiva. La conclusión es clara: la película adolece de un guión que no consigue asir la historia y ofrecérnosla redonda, a pesar de los hallazgos formales que sí ofrece la película.
Agotados después de la visión de semejante drama y después de un aperitivo con M. tocaba comer y descansar para disfrutar de una intensa tarde.
A las cinco de la tarde de vuelta al Antiguo, A. yo vimos Ghost Dog, el camino del samurái, la fabulosa película de Jim Jarmusch. Lo dicho respecto de todos los clásicos vistos durante el festival: el placer de la pantalla grande. Uno de los mejores thrillers de los últimos años.
La espectacular interpretación de Forrest Whitaker de Ghost Dog, el asesino a sueldo con su código de conducta samurái como seña de identidad.
La película es una reflexión sobre el anacronismo que supone seguir el código samurái y su choque con la vida actual y los códigos propios de la mafia, así como sobre la violencia que dicho choque desencadenará.
Ghost Dog sigue estrictamente el código del samurái escrito en los preceptos del Hagakure, y vive enteramente para servir a Louie. En uno de los asesinatos que éste le manda, Ghost Dog acaba matando a Frank, un mafioso de bajo rango, pero la hija de otro de la banda, que en ese momento estaba con él, lo ve. En ese momento los superiores de Louie quieren la cabeza de Ghost Dog, ya que no quieren nadie externo a la familia asesinando a nadie. Louie acepta a regañadientes, pero no será fácil. Mientras, conocemos a los dos únicos amigos de Ghost Dog: Pearline, una niña con la que intercambia libros, y Raymond, un vendedor de helados francés del que no entiende ni una palabra.
Se trata de uno de las mejores películas rodadas por Jim Jarmusch, clara deudora de los grandes clásicos del género y fundamentalmente de Le Samuräi, El silencio de un hombre, de Jean Pierre Melville, cuyo protagonista, Alain Delon, tiene unas innegables similitudes con Ghost Dog. Todo ello transplantado a un guetto negro de Nueva York, con una ambientación musical magnífica, como es marca de la casa, a cargo de RZA, cabeza visible del grupo de hip-hop Wu-Tang Clan, y habitual en las bandas sonoras de Jim Jarmusch.
El día concluyó con el nuevo documental que Jonathan Demme ha ofrecido a su admirado Neil Young, a quien le une una gran amistad: Neil Young journeys se proyectó en los Príncipe a las 22:45 de la noche. Se trata de un documento sobre los dos conciertos que ofreció en el Massey Hall de Toronto a principios de 2011, y la concierten en la excusa perfecta para acompañar al maestro en su coche al pueblo de su infancia y dejarle hablar sobre su familia y su vida anterior a música. Una gozada, la verdad, aunque también es cierto que no tiene demasiado interés para quien no le guste la música de Neil Young. Una miniatura para fans.
SÁBADO 24.
El último día de festival decidimos tomárnoslo con tranquilidad y ver dos películas y fueron de la sobresaliente retrospectiva American Way of Death: Fargo y Zodiac, ambas en los cines Príncipe
A las cuatro de la tarde vimos Fargo, no por más vista menos espectacular. La película va ganando con el transcurso de los años, afianzándose en su carácter de clásico. Rodada por unos hermanos Coen en estado de gracia, la sórdidez, el humor bizarro y las inmensas llanuras nevadas de Minnesota quedan como recuerdos cinematográficos imborrables. Una nota sobre una película sobre la que se ha escrito tanto: es imprescindible verla en versión original para observar el impresionante trabajo realizado por los actores respecto del acento de la zona, es un elemento humorístico de primer orden que se pierde con el doblaje.
Posteriormente y para poner la guinda al festival vimos Zodiac, rodada por David Fincher en 2007 y en mi opinión su mejor película.
No ha sido nunca uno muy favorable al estilo de Fincher, por considerarlo tramposo y efectista. Los requiebros argumentales y la estética publicitaria siempre me han resultado excesivas y cargantes. Zodiac, por el contrario, es una poderosa narración que mantiene el pulso de tan complicada trama con un vigor digno de los grandes clásicos. El ritmo no decae en sus 158 minutos de duración y nos muestra la obsesión de los investigadores, sus frustraciones y el sacrificio de sus vidas privadas por el hecho de no poder atrapar al asesino, a ese personaje casi ausente de la película pero cuyo aliento se percibe a cada instante. Asesino que se sabe no sólo inteligentísimo sino también fuera de las posibilidades de acción de los investigadores, todo ello sin que el hecho de tratarse de hecho reales influya negativamente en la película. Los crímenes del conocido como el asesino del zodiaco siguen sin resolverse, cuarenta años más tarde.
Una magnífica película para acabar el festival y disponernos a debatir las bondades del thriller y el género negro en general con una buena cena y unas buenas copas, exactamente igual a como comenzó este año en los que la disponibilidad de tiempo, aunque menor a la prevista, ha sido estupenda: una semana de vacaciones viendo cine y más cine, tanto películas nuevas como clásicos. Esa es, en mi opinión, lo más agradecido de un festival como el Zinemaldia, la posibilidad de combinar descubrimientos con la oportunidad ver grandes clásicos en pantalla grande.
Hasta el año que viene.
